31 agosto 2015

Leyendo a Pla en el mar de Japón.


Todas las tardes, me siento en el banco de un pinar, con el quemador que llevan los campesinos aquí, colgados de una cuerda atada a su cintura, para ahuyentar los mosquitos. A pesar de la cantidad de campos de arroz y agua dulce, no hay muchos. Es por que  aquí no abusan de los productos químicos, y ello desemboca en una abundancia  de tritones,  ranas y libélulas que dan buena cuenta de ellos.

En estos días en que ando con un nuevo proyecto, me encuentro recuperando «El quadern gris» de Josep Pla, ese genio que creo, fue olvidado por los de su tierra a pesar de que hizo por ella más que cualquiera de los que practican, con el fin de justificar su vacío interior,  el juego de las banderas. Es una de las pocas ocasiones en que puedo disfrutar del catalán sin sentir la tristeza de pensar en mi tierra natal, víctima de una situación  similar a la que tuvo la república de Weimar.

Vuelvo a Pla. Ese genio que como todos de los que gusto, jamás pretendió en serlo. Desde mi banco veo el mar, y las señoras que pasean con quitasol y para mojar sus pies menudos en el mar de Japón, muestran sus pantorrillas.